Europa o la Irrelevancia internacional

El devenir histórico de la UE es el discurso de la integración, de la superación de las diferencias, antes que de cualquier otra premisa. El origen de la CECA obedece a ese criterio institucional básico. Tan básico y necesario, que sobrevivió al ideal federalista de la1262113869_0 creación de una Comunidad Europea de Defensa y una Comunidad Política Europea, muy avanzado para los convulsos tiempos en los que se propuso, recién superado el abismo de la II Guerra Mundial.

Sin duda, el período bélico previo, fue un catalizador catárquico que estableció el mínimo común denominador que permitió el embrión fundacional de 1957. En ese momento se alcanzaba el ideal kantiano que pregonaba un ideal federalista de estados libres, basado en unos principios de derechos universales, que establecía una república del mundo. Un guiño de la historia por el hecho de que un alemán, estableciera el principal principio formador de la construcción de la Comunidad Europea: una pax europeana.

El transcurso de los procesos sucesivos de integración y de la definición de la arquitectura institucional de la Unión Europea, ha estado más marcado por la creación del círculo interior de la unión, que de sus relaciones frente a terceros; fruto de la continua política de puerta abierta, a sucesivas incorporaciones a la familia europea, especialmente desde 1989, con la apertura hacia la Europa del Este.

En este proceso, ha habido grandes cambios geopolíticos y en las relaciones internacionales entre los estados y las estructuras internacionales, en el que caben destacar tres grandes hitos: a) la caída del Muro de Berlín en 1989 y de la estructura mundial basada en un mundo bipolar; b) la aparición del fenómeno de la globalización y los procesos de transculturización, hipertrofiados por la “sociedad red”; y c) los ataques del 11-S en EE.UU. y la imposición de una política de seguridad única, basada en los riesgos asimétricos de un mundo multipolar y con innumerables riesgos.

La transición del siglo XX al XXI no consiguió que la UE tuviera una visión largoplacista de los riesgos inminentes y ello también deparó un andamiaje institucional defectuoso ante los retos que deparó el futuro. Aumentados por el período de crisis que alcanzará una década, con un retroceso del progreso social y del sistema de bienestar que construyó el ideal europeo, secuestrados por el BCE y la imposición “merkeliana” de la visión de la construcción europea a la alemana. Fue el recién desaparecido Ulrich Beck, quien nos recordaba que el futuro de Europa, pasa por una Alemania a la europea y no una Europa a la Alemania. Justo lo contrario de la actual situación, que nos ha llevado al actual callejón sin salida aparente.

La Unión Europea ha de asimilar que la política exterior es su principal baza para el futuro, para tener una voz propia en un contexto cada vez más “líquido” como diría Zygmunt Bauman, con amenazas más imprecisas y difíciles de definir, y en las que las otrora potencias europeas pierden peso específico año tras año.

Las viejas visiones geoestratégicas, no alineadas con la realidad, suponen un riesgo en sí para el futuro de Europa, tal como advierten algunos think tanks, donde dan un papel totalmente irrelevante a Europa como se empeña en recordar George Friedman de Stratfor. Esta dimensión tan “norteamericana” de la visión irrelevante de Europa, tiene que ver con los planteamientos de Mackinder y el concepto del corazón continental y la vieja diatriba transatlántica de la visión de que Europa es una potencia civil, una soft power, que no está dispuesta a desarrollar su propia visión del mundo a la “americana”. Somos prisioneros de la geopolítica.

La negativa gestión de la Guerra de los Balcanes en la década de los 90 del pasado siglo, en la recién inaugurada Unión Europea, nacida el 1 de noviembre de 1993, fue una dura experiencia. Pero no dio ningún resultado. Incluso los problemas derivados por la actitud (y acción) de Rusia en el conflicto de Osetia del Sur en 2008 o en el actual conflicto de Ucrania; son todos un recordatorio de la necesidad de establecer un sistema de gestión exterior, con unos claros principios estratégicos, que conformen un núcleo propio de la Unión y consensuados sin resquicios entre los 28. Ese debe ser el leit motiv del Servicio de Acción Exterior, que sigue sin desplegarse con objetivos pragmáticos y geopolíticos.

La Declaración de Laeken en 2001, fue la primera respuesta en la que se establecieron los principios para que la UE pudiera convertirse en un factor de estabilidad y en un modelo, en un nuevo mundo multipolar; es decir, la UE debe asumir su responsabilidad en la gestión de la globalización, y por lo tanto debe definir un papel estratégico en la misma con unos instrumentos apropiados para llevarla a cabo.

En el actual Tratado de Lisboa en su Título V, se establecen los principales instrumentos para la gobernanza exterior de la Unión y en especial la consagración de la preeminencia del Consejo por encima de todas las instituciones europeas en la gestión de la agenda internacional de la UE. Se consagra, de esta forma, el principio de federalismo intergubernamental. Donde la Comisión, y especialmente el Europarlamento quedan al margen.

La PESC tiene que entender que no puede haber “voz europea” internacional sin Euroejército y sin un empoderamiento ciudadano del Parlamento Europeo. Creando ex profeso el gran instrumento europeísta que jamás ha sido diseñado y puesto en marcha: una verdadera opinión pública europea.

La realidad es que la UE es un actor global, con un peso específico propio, dado su rol internacional al representar los intereses de una comunidad de 500 millones de ciudadanos que representan un cuarto del comercio internacional y que aportan el 60% de los fondos de la cooperación internacional. No obstante, su compleja arquitectura institucional y el mapa de intereses, complejo y complicado, que representan los intereses individuales de sus 28 miembros, desarrollan ese rol de actor global desequilibrado, que en la actualidad desempeña.

Europa, sin renunciar al ideal kantiano y a sus principios fundacionales, ha de desarrollar su propio sistema de hard power, para hacer valer sus principios con las mismas pautas y herramientas que el resto de las potencias mundiales, pero sin renunciar a los principios del soft power, de esta “potencia civil” que representa en el mundo.

Europa debe construir un nuevo marco internacional, basado en el nuevo marco relacional que supone superar los viejos dogmas de las naciones-estado en su relación con otros países y dando más poder a su ciudadanía frente a viejas concepciones institucionalistas desde su fundación. La cesión de soberanía que supone que los 28 estados la entreguen a las instituciones de la Unión; exige nuevos relatos, nuevos instrumentos y nuevas formas en el escenario internacional.

Es la supervivencia de un modelo civilizatorio lo que está en juego.

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