El verdadero futuro de la Estrategia 2020

En estos momentos de zozobra europeos, ante el enésimo ataque de los mercados financieros internacionales contra Irlanda, como ya lo hicieron con Grecia, y como lo seguirán intentando con Portugal y especialmente conEU Andamio España (el verdadero reclamo, porque su caída supone el final del Euro, con toda probabilidad); parece casi irreal hablar sobre la Estrategia 2020 de la Unión. Máxime cuando partimos de una premisa fundamental: el fracaso de la Estrategia de Lisboa, culmen de lo que ha sido el devenir de la construcción europea en la última década.

A punto de iniciar una nueva, y con comentarios provenientes de algunas cancillerías europeas de refomar el Tratado (¡!) vigente, con el único fin de dotar a la UE de mecanismos de castigo a los países que no se atengan a los requisitos de disciplina fiscal del Ecofin (¡Ah! Pero si al final va a ser necesario tener una política fiscal común); se hace más que nunca necesario recordar los verdaderos retos que tiene ante sí la Unión. Y es que la historia reciente de la misma es una colección de fracasos sintomáticos de cuando se olvidan los verdaderos objetivos. Sobre todo cuando el principio de subsidiaridad ha sido confundido (o tergiversado) por el de soberanía, y sobre todo cuando a la ciudadanía se le ha ido agotando en su europeísmo, debido básicamente a dos estrategias desafortunadas: por un lado el ostracismo que el Parlamento y la ciudadanía han tenido en ese período de construcción y sobre todo, por usar el término “Europa” como una entelequia ajena a los gobiernos nacionales cuando han de tomar medidas duras e impopulares, y sobre todo netamente cortoplacistas.

Dado este escenario, que transcurrió durante una década de crecimiento hasta el crack financiero, que no productivo, en el que no se hicieron los deberes serios en época de bonanza; llegan los problemas actuales. El hecho de que tengamos una política monetaria real, gracias al Euro, pero no fiscal: la Unión Monetaria y Económica si que es una entelequia y no la UE como concepto; nos ha colocado en una posición muy complicada y delicada, frente al dólar, al yen, el renminbi, y todos los fondos altamente especulativos, que lejos de desarrollar una economía productiva abocan a una economía financier: El verdadero problema social y económico de principios del siglo XXI.

Dicho esto, me gustaría recalcar cuáles son los principales desafíos que tiene la Unión ante sí, y que básicamente han de ser desarrollados bajo la actual arquitectura institucional europea. Se han perdido muchos años (14 para ser exactos), desde la CIG de 1996, en ese proceso del andamiaje comunitario, como para volver a retomar esa senda. Ahora toca poner en marcha y dar plenitud a todos los elementos institucionales del nuevo Tratado: reforzando el papel del Parlamento Europeo, viendo el despliegue del SEAE con una única voz y visión, la puesta en marcha de la Iniciativa Ciudadana Europea o el encaje del Presidente de la UE dentro de la Comisión y el funcionamiento del Consilium; por citar algunos ejemplos.

Por lo tanto, cabe ahora el momento de avanzar y desarrollar la Estrategia 2020, alineada con una serie de desafíos que deberán concretarse en un período claramente más largo, pero que deben ser los puntos de encaje de todas las políticas nacionales, intergubernamentales y europeas. Sin un alineamiento claro, no podremos llegar a ser una potencia regional con influencia en el mundo actual que nos ha tocado vivir.

Cuáles son esos retos que la UE tiene por delante. Vaya por delante, que soy muy consciente de la enorme dificultad que ello implica, dadas las excesivas “soberanistas” posiciones de la mayoría de los estados. No en vano, vivimos en la democracia demoscópica, y asumir retos a largo plazo, no va para nada con ninguno de los gobiernos con capacidad de decisión en estos momentos en Europa (El caso alemán es extramadamente sangrante al respecto. Jamás un gobierno alemán ha sido tan nacionalista como el actual y tan insolidario).

DESAFÍOS

Comencemos por el principal, difícil de manejar, pero el Ecofin ha de trascender de sus perspectivas nacionales y avanzar hacia una auténtica Unión Económica y especialmente fiscal, sin una armonización de los sistemas fiscales europeos difícilmente podremos competir como región en el mercado global. Además hemos de convertir el Euro de nuevo en una fortaleza y no en una debilidad interna, como está siendo ahora. Esta es la base para cambiar el principio de subsidiaridad, tal como fue desarrollado en el Tratado de Maastricht, y no como se está aplicando en la actualidad.

En segundo lugar, está lo que es para mi la “espada de Damocles” europea: nuestra política energética. Y este es el principal problema. No hay política energética europea, máxime cuando somos “narcoenergéticamente” dependientes del gas de Rusia y del crudo de Oriente Medio. Si queremos ser una potencia regional, hemos de desarrollar una apuesta por un sistema energético común que nos haga ser más eficazmente competitivos y menos dependientes externamente. Rusia ya demostró su poder el año pasado frente a Ucrania, en lo que fue un subliminal aviso a la UE de que nos pueden cortar el grifo energético cuando quieran. Además Europa ha de apostar por un desarrollo energético más sostenible y eficaz, sobre todo eficaz, que desarrolle nuevas tecnologías tanto en el campo de las renovables, como en las energías basadas en el Hidrógeno y abrir, sin ambajes, ni cortapisas políticas un verdadero debate científico, político y ciudadano sobre la energía nuclear. Hay que abandonar, además, el actual sistema del mercado energético y apostar por nuevas alternativas de creación de energía (tanto en el desarrollo de mercados domésticos, como en el de mediana potencia, claramente desrregulado en estos momentos y que representa un interesante nicho de mercado, con una clara vocaciónd de internacionalización, que no de deslocalización).

El tercer desafío es muy largoplacista, pero es en el que nos jugamos el futuro, como identidad común. Se trata de hacer de Europa, un espacio de producción de servicios y bienes con un alto valor adañido. Esto se traduce en hacer políticas que incentiven dos campos diferentes, por un lado la I+D+i empresarial (y un mayor empuje de las políticas públicas que desarrollen los proyectos más ambiciosos en joint ventures transnacionales y con apoyo del capital privado) y el desarrollo y aliento de la creación de espacios de Innovación Social. Para conseguirlo, es necesario establecer un nuevo sistema educativo, un sistema que prime la emprendeduría, que enseñe a los estudiantes a tomar riesgos, que les de herramientas prácticas para poner en marcha proyectos. Hemos de pasar de un sistema político y social altamente corporativo, a un sistema más emprendedor, con mayor posibilidad de movilidad ascendente y descendente, pero sin renunciar a nuestra identidad europea. En las próximas décadas Europa no podrá competir ni en materias primas (nunca lo ha hecho), ni en el mercado de manufacturas y bienes. Nuestro desarrollo y mantenimiento de nuestro sistema de protección social, pasará por desarrollar servicios y productos de alto valor añadido, y para ello tendremos que realizar grandes reformas estructurales, que no sólo pasan por lo colectivo, sino por lo individual. Algunos países europeos han comenzado a trazar ese camino como Suecia y Finlandia, es esa la senda que hemos de seguir.

Para finalizar queda sin duda la opción más complicada, la que sin duda más debate origina y originará: se trata de nuestra política de seguridad. En un resumen: No existe. La Unión Europea Occidental es una quimera y la OTAN no deja de ser una maquinaria diplomático-militar que no está controlada por Bruselas, y ni siquiera por ninguno de los grandes países europeos. Tampoco actuamos con una sola voz en el Consejo de Seguridad de la ONU, ni en el G20 o el FMI, por citar tres ejemplos sangrantes.

La cuestión es que para ser una voz “autorizada” deberíamos asegurar nuestro propio espacio. El fracaso de la guerra de los Balcanes está comenzando a pasar factura. Europa no podrá ser tomada en serio, si no tiene elementos reforzados de seguridad común dentro de sus fronteras y en su periferia inmediata, por no hablar de otro tipo de acciones que merman nuestra capacidad de influencia exterior. Somos donantes natos a la hora de cubrir los destrozos de otros, y ese no puede ser el escenario futuro de Europa.

Urge pues, la creación de un Euroejército, con un mando único y que se convierta en una fuerza pacificadora y con una alta movilidad, para hacer valer nuestra ayuda exterior, en primer lugar (el caso de Haití es un ejemplo) y en segundo, la posibilidad de poder influenciar por nuestra mera presencia común, no como fuerza ofensiva, sino como forma de equilibrar la dialéctica diplomática en casos de conflictos donde nos jugamos intereses estratégicos. No se trata de competir militarmente, se trata de hacer valer nuestra voz, sin interdependencias externas, léase EEUU. La II Guerra Mundial y la Guerra Fría han quedado muy atrás. En este mundo multipolar, Europa ha de encontrar su sitio, y sin un despliegue de protección común, difícilmente se nos tomará en serio. Nuestros competidores, que no enemigos, se exhiben así: EE.UU., China, Rusia, Brasil, Japón, etc…

Sólo quiero iniciar con este post un espacio de reflexión que nos haga pensar a todos sobre los verdaderos retos que tenemos delante, y especialmente con las futuras generaciones de europeos y europeas.

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